03.3. Aspecto sobrenatural de la profesión

03. Moral profesional. 3. Aspecto sobrenatural de la profesión.

Se incorporan las siguientes e ilustrativas citas sobre el aspecto sobrenatural de la profesión:

1. EL TRABAJO CRISTIANO ES UN CULTO INCESANTE A DIOS

El cristiano debe considerar igual estar en su banco, en su oficina, en su fábrica, en su finca o en el cielo, pues en todas partes encuentra a Dios… Una mujer que cose con espíritu elevado me sugiere la imagen del destino uniendo las fracciones de la eternidad… Establecida la armonía entre el alma y aquello que permanece, no hay más que vivir plenamente y poner todo nuestro ser en nuestra obra para de este modo formar parte de lo eterno… Es una aberración de consecuencias incalculables disociar la vida religiosa de la vida doméstica o profesional.

2. EL TRABAJO CRISTIANO ES UNA ORACIÓN

El cristiano que lleva adelante sin desmayo y lo mejor que puede esta vida que Dios le otorgó; que cumple su deber en el hogar, en el astillero, en su estudio o en su despacho de negocios, en el cuartel, en la redacción, en la sociedad y aún en el estadio y en el mismo juego, y que lo hace todo con verdadero espíritu religioso, es decir, con el fin de dar gloria a su Creador y de acercarse más y más a Él con los suyos y con todos, a través de la existencia, este hombre, este cristiano, no cesa de orar; para él se dijo: El que trabaja ora; si bien debe también recordar a su debido tiempo que este proverbio tiene su correspondencia: El que ora, trabaja.

3. EL TRABAJO CRISTIANO NOS ACERCA A DIOS

Nuestro Dios se vale del espíritu de nuestra vida para atraernos hacia Él; a través del modo y ocupaciones de nuestra vida. Él viene a nosotros con el fin de realizar con nosotros todo aquello que hemos de realizar en conformidad con su providencia.

4. EL TRABAJO CRISTIANO EXPÍA NUESTROS PECADOS

.. el orden establecido por Dios en el mundo puede compararse a una balanza perfectamente nivelada y descansando en su fiel. El pecador, empero, se encarga de desequilibrarla poniendo en uno de sus platillos el peso de un placer (todo pecado lo lleva consigo, y por eso precisamente lo comete el pecador). El equilibrio no puede restablecerse sino colocando en el otro platillo de la balanza el peso de un dolor, o sea, lo contrario del placer que motivó el desequilibrio. Ésta es la razón profunda de la necesidad del dolor para expiar el pecado, hasta el punto de que San Pablo pudo escribir que `no hay remisión sin efusión de sangre’ (Hebr. 9,22).

Ahora bien: el trabajo -de cualquier naturaleza que sea, intelectual o corporal- es, de suyo, una cosa penosa, que supone esfuerzo y dolor. Sufrido en gracia de Dios y con sentido de reparación de nuestras culpas, tiene una fuerza expiatoria formidable, que aventaja, con mucho a las purificaciones ultraterrenas. El fuego del purgatorio limpia y purifica a las almas, pero no les aumenta en lo más mínimo el grado de sus merecimientos; mientras que el dolor, soportado cristianamente en esta vida, aumenta en gran escala nuestros méritos al mismo tiempo que pule y abrillanta nuestras almas en el crisol de su propia expiación.

5. EL TRABAJO CRISTIANO ES UN INSTRUMENTO DE SANTIFICACIÓN

El trabajo cristiano hace que nuestra voluntad se conforme y coincida plenamente con la de Dios, y en esto precisamente consiste la perfección cristiana:

Ninguna diferencia hay entre la regla escogida por Dios y la que Dios impone por medio de su providencia. La medida del mérito adquirido es el corazón, y en ello descubrimos -aunque imperfectos- idéntico motivo para alabar como para imitar.

Lo que primeramente es necesario para que se establezca y se haga más íntimo nuestro contacto con Dios en el trabajo es que sintamos la presencia de Dios. Presencia significa aquí pensamiento; si no pienso en Dios, lo alejo; y aunque Él siempre esté conmigo, yo no estaré con Él. Es preciso, además, que nuestra voluntad se adhiera a la suya, y esto de dos modos:
a) Negativamente, no admitiendo nada que sea malo.
b) Positivamente, aceptando nuestro destino, nuestro obrar presente y nuestro porvenir, que señalará nuestra fidelidad y nuestra confianza.
El trabajo exige de nosotros: un acto de fe; un acto de sumisión filial; un acto de adoración; un acto de amor. Tarea pequeña -puesto que siempre lo es-, pero sublimada por un gran corazón; tarea insignificante, pero ejecutada con el sentimiento de que, para nosotros, nada en el mundo la iguala. Tal es el deber de estado, ya que por él se cumple el deseo que Cristo nos convida a expresar con Él: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

P. SERTILLANGES, O.P., Deberes (Bilbao, 1953)

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